NOAH
—Déjame ver si entendí —dijo Alec, reclinándose en la silla de mi oficina con una sonrisa que me daban ganas de borrarle de un puñetazo—. Tu asistente, la rubia americana, entró a tu oficina, te sirvió tragos, bailó para ti, te quitó la camisa, te empujó a un sillón, y justo cuando pensabas que iba a pasar la mejor noche de tu vida… te robó las llaves del auto y se fue.
—Así es.
Alec me miró un segundo. Después se rio. Con una carcajada que le sacudió todo el cuerpo, que le hizo golpear la