—Pasa… —le dije a Javier, invitándole a entrar en casa en cuanto abrí de par en par la puerta principal.
El hombre que llevaba en brazos a Nicolás, que dormía plácidamente, no dijo gran cosa. Se limitó a mirar a su alrededor, observando nuestra sencilla casa —una casita que, comparada con la lujosa residencia de la familia Villarreal, era como el cielo y la tierra—.
Y, sinceramente, dudaba de que aquel hombre pudiera dormir plácidamente esa noche en un lugar tan modesto.
Esta casa no tiene colc