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La noche era oscura, pero no hacía falta luz alguna para que las manos del hombre acariciaran las esbeltas piernas y colmarla de besos aquel vientre plano y tembloroso de excitación. Los labios de ella entreabiertos gemía el nombre de la persona que le enseñaba lo hermoso de la vida.

— ¡Leo! — gimió ella cuando sintió que él la volvía a penetrar. Lo hizo sin afán, solo alargó aquella hermosa y dulce

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