Florida estaba sentada sola en su acogedora cabaña, con sus pensamientos tan turbulentos como un mar tormentoso. El crepitante fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes por toda la habitación, y su calidez no lograba penetrar los zarcillos helados de soledad que se apoderaban de su corazón.
Desde que Manuel la dejó, ella había estado en un constante estado de tristeza e incertidumbre. El vacío de sus días pesaba mucho sobre ella y se encontró anhelando su contacto, su risa y el amor que