La mujer se frotó las sienes. —Vuelve tú primero, yo buscaré una solución, por ahora no te expongas.
—De acuerdo.
De repente, Luna se acordó de algo. —¿Ah, sí? ¿Cómo está papá?
Al mencionar a ese hombre, el rostro de la mujer cambió drásticamente. —¡Ja! Ese imbécil terco, ¡le devolveré mil veces el sufrimiento que me causó!
En el rostro de Luna se dibujó una expresión de desagrado. —Mamá, ¿y si dejamos todo esto? Estos años los hemos hecho sufrir tanto que ya es suficiente, ¿no?
—¿Suficiente? ¡E