Antes de que Clara pudiera responder, Diego interrumpió una vez más: —Señorita, no se preocupe. Es asunto mío si me gustas. Reduciré mi presencia como solía hacerlo, no me involucraré demasiado en tu vida, solo que...
—También es mi derecho gustarte, puedes matarme, pero no puedes evitar que me gustes.
Clara se ruborizó al escuchar esas palabras. ¿Dónde quedó la honestidad y sencillez de este hombre tan tranquilo y sencillo?
Era como si pudiera leerla por completo, y no sabía cómo responder.
Fue