Clara observó la puerta que parecía que nunca se abriría, y la luz en sus ojos se desvaneció poco a poco.
No importaba cuántas veces lo intentara, siempre tenía el mismo resultado.
La última vez fue su hijo, ¿sería ella esta vez?
Recordaba cómo, media hora después de su operación, él llegó tarde al cuarto de Yolanda. Frente a la dolorosa realidad de haber perdido a su hijo, su corazón se convirtió en cenizas. Con voz ronca, preguntó: —¿Por qué salvaste a ella?
—Porque sabes nadar.
Cuando escuchó