El subconsciente le decía a Clara que no entrara.
Sus dedos se quedaron rígidos sobre la manija de la puerta, y una mano grande y suave cubrió la parte posterior de su mano. Una voz suave susurró en su oído: —No tengas miedo, estoy contigo.
La puerta se abrió.
No había monstruos sellados dentro ni escenas sangrientas.
Solo una habitación de tonos rosados, despojada de decoraciones, con solo la sala vacía y una alfombra.
En la pared, aún colgaban algunos móviles de juguete de bebé que no se había