Los gustos de Diego no eran conocidos por nadie mejor que ella. En realidad, complacerlo no era difícil; lo difícil era si él daba o no la oportunidad para ello.
Como en aquellos tiempos pasados, ella había preparado la cena innumerables veces, esperándolo una y otra vez, solo para que su sombra no apareciera ni siquiera en la madrugada.
Cuando él se volvía insensible, realmente era despiadado, y no importaba lo que ella dijera o hiciera, nunca lo veía.
Esta llamada telefónica era su prueba, y c