Clara examinó a la noble señora frente a ella, vestida con un simple vestido de algodón y con el cabello recogido descuidadamente en la nuca.
Su rostro, sin rastro de maquillaje, lucía muy joven, casi como la hermana de unos treinta años.
Sus pupilas tenían un tono grisáceo, como si fueran perlas empañadas.
—La señora se ha preocupado mucho por ustedes, llorando tanto hasta lastimar sus ojos. Pero ahora que el señorito Suriel ha salido adelante, la señora parece más alegre.
—Suriel, déjame verte