Mónica aún sostenía el cuchillo, manchado con la sangre de su propia madre, mientras se acercaba a Isolda.
La escena era tanto frenética como irónica. Joaquín se interpuso entre Pera y Mónica, temiendo que esta última atacara a Pera, mientras que Eduardo protegía a la pálida y asustada Isolda.
—¡Dios mío, alguien ha sido asesinado! —gritó Manuela, alejándose rápidamente, temerosa de que la sangre salpicara sobre ella.
Clara observaba esta tragedia familiar y pensó que esta familia era completame