CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Daphne colocó a Aiden de lado para que no se siguiera ahogando, dejando un charco de vomito y sangre a su alrededor. El hedor le daba arcadas, pero no podía dejar que él se muriera.
—¡Llama una ambulancia! ¡Ahora!
Lucca no reaccionaba ya que se había quedado congelado al ver el estado tan deplorable de su primo. Era ver a un pobre miserable, que iba a morir con su propio vomito. Después de todo, su lengua iba a ser su propia muerte.
—¡JODER LUCCA! —volvió a gritar Daphne