CAPÍTULO DOSCIENTOS SIETE
Adele se sentó en el amplio sillón de cuero, que tenía el escritorio de ébano y tomó el teléfono negro que estaba sobre la superficie.
—¡Hasta que te dignas a contestar! —espetó Aiden cuando escuchó el resoplido de Adele a través de la línea—. ¿Dónde carajos estabas metida?
—¿Dónde más? —contestó Adele en el mismo tono ácido que su jefe—. Estoy trabajando para mi jefe negrero.
—Deja de quejarte, que de ahí eres la que más regalías tiene.
—¿Me estás diciendo que gozo de