CAPÍTULO CIENTO NOVENTA Y CUATRO
Entraron a la casona blanca y de inmediato una señorita, de traje negro de dos piezas y moño apretado en su cabeza, se paró de uno de los escritorios de caoba y les atendió.
—Buenas tardes Señor Preston —saludó la ejecutiva de ventas que se llamaba Claudia—. ¿En qué puedo ayudarles?
—Mi cuñada ha fallecido —contó él a secas y Emily le apretó la mano—. Necesito contratar sus servicios.
—Por favor —pidió Claudia—. Síganme.
Ellos se acercaron hasta una de las ofic