TRISTAN
La manija de la puerta giró. El corazón me latía con fuerza. Me quedé paralizado; mi mano seguía agarrando mi pene, mis pantalones estaban abiertos y mi respiración era entrecortada.
—¡Tristan Alfa!
El grito rasgó el aire polvoriento. Una enfermera estaba en el umbral, con expedientes cayendo de sus brazos, papeles esparcidos como hojas secas. Sus ojos se dirigieron directamente a mi miembro erecto, para luego volver a mi rostro.
—Shhh —me llevé un dedo a los labios—. No te atrevas a gr