—No me siento tranquila sabiendo esto, ni tampoco quiero dejar a la deriva a estas personas, pero entiendo que debemos hacerlo.
Sin decir nada más, nos vamos a dar una ducha para luego dormir, apenas mi cabeza toca la almohada caigo profundamente dormida, mi esposo me acomoda entre sus brazos y me acurruca sobre su pecho.
En mitad de la noche escuchamos un fuerte ruido seguido de un alboroto, Reese y yo nos levantamos enseguida y corremos a la entrada de la cabaña, él abre la puerta muy rápido