Las luces parpadeantes adornaban los puestos de comida y juegos, y el aroma de delicias caseras propias de la manada envolvía el ambiente.
Maray sostenía la mano de los mellizos caminando por el pueblo.
En compañía de ese Alfa, absolutamente nadie se atrevía a verla mal o tratarlos de mal modo. Tal como la primera vez que fue al pueblo sola con los mellizos.
El cachorro ciego, nervioso por el bullicio, se aferraba aún más a esa Reina, mientras la niña, con su rostro iluminado por la al