A la mañana siguiente, Cindy se sintió aliviada al comprobar que Ernesto había desaparecido finalmente. No quedaba nadie en la casa, por lo que podía mirar el piso de arriba con tranquilidad. Se embolsó una horquilla y subió las escaleras mientras esperaba que las puertas no estuvieran cerradas.
Parece que, por una vez, la suerte está de su lado, porque al empujar con cuidado el picaporte de la habitación de Richi, la puerta se abrió para su deleite.
—Entonces querido, veamos qué tienes que o