—¿Quién los dejó entrar? En nuestro laboratorio no queremos animales. Si son inteligentes, lárguense antes de que tengamos que sacarlos —espetó Carlos.
—¡¿A quién le dices animal?! —Enrique se puso rojo de rabia.
Carlos respondió con indiferencia: —Al que le caiga el guante. ¿No ves que el animal ya se dio por aludido?
—Tú...
Yulia soltó una risa burlona: —¿De qué están tan orgullosos? Todos los laboratorios están bien menos el suyo, que necesita reformas. ¡Qué vergüenza! ¡Y todavía tan arrogant