Lucía aceptó el libro, la tentación era demasiado grande como para resistirse. —Gracias, señor Fernández.
—Alto ahí, ¿no habíamos quedado en que me llamarías Jorge?
Lucía sacó la lengua juguetonamente: —¡Se me olvidó!
Eran las dos de la tarde cuando llegaron a Puerto Celeste. Aunque Lucía y su familia no habían viajado en el mismo vagón que Jorge, al salir de la estación, mientras ella se disponía a abrir la aplicación para pedir un coche, lo vio a lo lejos, destacando por su altura.
Jorge se ac