—Kyle —llamó Diana en voz baja cuando ella y su esposo entraron en la habitación después de cenar.
Kyle se volteó de inmediato y la miró con frialdad.
Una de las comisuras de sus labios se curvó con desprecio.
—Ahora te estás volviendo lista. Sabes que Reginald es la persona a quien todos temen en esta familia, así que corriste a pedirle ayuda.
Diana frunció el ceño, sin entender a qué se refería.
—¿Q-qué quieres decir?
—¡No te hagas la tonta! —espetó Kyle, alzando la voz.
Levantó una mano y la señaló.
—Seguro fuiste llorando con Reginald, ¿verdad? Te quejaste con él de lo cansada que estabas de que te trataran como a una sirvienta.
Kyle sabía que, a pesar del carácter duro de Reginald, su hermano mayor tenía cierta debilidad por las personas que acudían a él sinceramente afectadas y le pedían ayuda.
Y, en la mente de Kyle, eso era exactamente lo que Diana había hecho.
—Por eso le rogaste a Reginald que te diera trabajo, para librarte de las tareas de la casa, ¿verdad? —continuó Kyle mientras entrecerraba los ojos y apretaba la mandíbula.
Diana negó rápidamente con la cabeza.
—No. Yo no hice eso. Yo...
—Diana —la interrumpió Kyle—. Cualquiera puede darse cuenta. Reginald jamás te ofrecería un trabajo a menos que tú se lo rogaras.
El corazón de Diana se hundió.
¿De verdad su esposo la menospreciaba tanto? ¿De verdad era tan inútil que no merecía un trabajo de verdad y solo servía para trabajar como sirvienta en su casa?
Quería preguntarle a Kyle si le permitiría trabajar para Reginald.
Pero después de verlo tan enojado, ya tenía su respuesta.
—Entonces, ¿no estás de acuerdo con que trabaje para Reginald? —preguntó en voz baja, agachando la cabeza para ocultar su decepción.
Le emocionaba mucho la idea de trabajar como secretaria en una gran empresa. No era un puesto fácil de conseguir para alguien con sus estudios.
Sobre todo porque no tenía ninguna experiencia laboral.
—Kyle... —La voz de Diana apenas se escuchó.
Lo miró con inseguridad mientras esperaba saber si le permitiría trabajar con Reginald.
—Si no quieres que trabaje para Reginald, está bien. No insistiré.
Su voz era suave, pero no podía ocultar la ansiedad.
Kyle cerró los ojos durante un momento y soltó el aire con fuerza.
En realidad, no quería involucrarse en nada relacionado con Reginald. Si se negaba, su hermano sin duda le exigiría una explicación.
Y Reginald no aceptaría una respuesta vaga. Seguiría preguntando hasta llegar al fondo del asunto y sometería a Kyle a un interrogatorio que no quería enfrentar ni ese día ni al siguiente.
Reginald no era de los que aceptaban un no sin más.
Además, lo que dijo durante la cena no fue una petición. Fue una orden del hijo mayor, el principal heredero de la familia Reinard, quien desde hacía mucho tiempo ejercía como patriarca de la familia.
Nadie en aquella casa se atrevía a desafiarlo.
—No me importa para quién trabajes —dijo Kyle con voz baja y fría—, siempre y cuando ese trabajo no interfiera con tu principal responsabilidad.
Se acercó y miró a Diana sin parpadear.
—Todavía tienes que quedar embarazada pronto, Diana. No importa si estás ocupada o no, si tienes trabajo o no —dijo apretando la mandíbula—. Nada de eso será una excusa para que fracases.
****
Al día siguiente fue el primer día de trabajo de Diana.
Había pasado un año desde que se graduó de la universidad y durante todo ese tiempo vivió como la esposa de Kyle.
Ahora estaba a punto de comenzar una nueva etapa como secretaria.
Con nada más que su título técnico y el mejor atuendo que pudo preparar, Diana se paró frente al espejo.
Su maquillaje era sencillo. Un poco de polvo, un toque de rubor y un labial natural. Nada extravagante, pero resaltaba su belleza delicada y discreta.
Kyle salió del baño.
Recién duchado, solo llevaba una toalla blanca alrededor de la cintura.
Su fría mirada se posó en su esposa, sentada frente al tocador.
—No empiezas hasta las ocho. ¿Por qué te estás arreglando tan temprano? —preguntó Kyle mientras caminaba hacia el armario para vestirse.
—Kyle. —Diana se volteó para mirar su ancha espalda—. Es mi primer día de trabajo. No quiero llegar tarde, aunque la empresa sea de nuestra familia.
—Te estás preparando demasiado temprano, Diana —respondió Kyle con frialdad—. ¿Y el desayuno? ¿Y la limpieza de la casa?
Se volvió hacia ella con una mirada burlona.
—Y recuerda que cuidar esta casa sigue siendo tu responsabilidad. Que ahora tengas un trabajo en una oficina no significa que de repente quedes libre de tus obligaciones aquí.
Diana sonrió ligeramente y mantuvo la calma.
—Lo sé. Me levanté antes del amanecer y terminé las tareas de la casa con Evelyn. Incluso dejé listo el desayuno a las seis.
Respiró suavemente.
—Nunca olvidaré cuál es mi lugar.
No consiguió ocultar del todo la amargura en su voz.
—En esta casa me tratan como a una sirvienta. Supongo que en la oficina probablemente será igual.
Kyle no respondió.
Sacó del armario la ropa que eligió y regresó al baño para vestirse, como acostumbraba a hacer desde que se casaron.
Diana soltó el aire lentamente y se frotó el pecho. Otra vez se atrevió a responderle.
Por suerte, Kyle no perdió la paciencia.
****
A las siete y media en punto de aquella mañana, varios miembros de la familia Reinard salieron hacia sus trabajos. Por primera vez, Diana estaba entre ellos.
Solo Selene se quedó en la casa con su nieta menor, April, y las dos empleadas que trabajaban allí.
Como de costumbre, todos se despidieron de Selene antes de salir.
Selene estaba sentada en la sala con un periódico abierto entre las manos, aunque parecía prestar más atención a sus nueras que a lo que leía.
—Ya me voy, mamá —dijo Reginald primero.
Irene lo siguió con una leve sonrisa.
—Mamá, nosotros también nos vamos.
Selene asintió ligeramente y miró a la pareja con calidez.
Luego Sebastian y su esposa se acercaron.
—Nos vamos, mamá.
—Manejen con cuidado —respondió Selene con cariño.
Después fue el turno de Kyle y Diana.
—Ya nos vamos, mamá —dijo Kyle.
—Está bien. Ten cuidado —respondió Selene a su hijo menor.
Diana bajó la cabeza con respeto.
—Ya me voy, mamá...
Antes de que pudiera terminar, Selene volvió a centrar la atención en el periódico, como si la voz de su nuera menor fuera solo una brisa pasajera.
Como si Diana ni siquiera estuviera allí.
Kyle desvió la mirada y fingió no notar la tensión.
Diana forzó una pequeña sonrisa, aunque sintió un nudo en la garganta.
—Con permiso, mamá.
No obtuvo respuesta.
Solo se escuchó el suave sonido de las páginas del periódico.
Fuera de la mansión, varios autos ya estaban esperando.
Sebastian miró a su esposa Felicia, que caminaba a su lado.
—Maneja tu auto hoy. Tengo prisa. Tengo un paciente en estado crítico.
Felicia pareció sorprendida, pero antes de que pudiera decir algo, Sebastian ya se había subido a su auto.
El vehículo del médico salió rápidamente de los terrenos de la mansión, como si de verdad tuviera una emergencia esperándolo.
—¿Le costaba tanto avisarme antes de irse? —murmuró Felicia con irritación, molesta porque ahora tendría que sacar su propio auto del garaje y esperar a que el motor calentara.
En cuanto vio a Kyle dirigirse hacia su auto, Felicia se apresuró a acercarse y lo llamó en voz alta.
—Kyle, me voy contigo. Vamos por el mismo camino.
Sin esperar respuesta, abrió la puerta del copiloto y subió.
Kyle se quedó inmóvil durante un momento.
Luego dirigió la mirada hacia Diana, que estaba a poca distancia. Ella vio claramente cómo Felicia subió al auto de su esposo sin siquiera pedir permiso.
—Kyle... —dijo Diana en voz baja, con esperanza—. ¿Puedo ir contigo? Puedo sentarme atrás. No me importa.
—No vamos por el mismo camino. Toma un taxi —respondió Kyle con frialdad antes de subir al auto y encender el motor.
El vehículo se alejó de la mansión y dejó a Diana sola en la entrada.
La brisa de la mañana rozó su piel y movió suavemente su cabello. Diana contuvo la respiración.
Observó cómo las puertas comenzaban a cerrarse lentamente y luego miró su reloj.
—¿Y si llego tarde en mi primer día? —murmuró.