—¡Avery! —volvió a llamar Roman, con la voz cargada de emociones que ni siquiera intentó ocultar.
Evelyn se quedó helada. Olvidando por completo su fobia a los hospitales.
Esta vez lo oyó con claridad. No era un «Evelyn» arrastrado. Ni un «Lyn». Era «Avery», claro como el agua. Un nudo frío se formó en su estómago. Su garganta se cerró.
Apretó los dientes, giró sobre sus talones e intentó marcharse antes de que su rostro la traicionara.
Pero la mano de Roman se disparó y atrapó su muñeca, sujet