Cabreado, muy molesto, casi de miedo. Peter no podía creer que uno de los delincuentes más peligrosos que La Ciudad había tenido la desafortuna de conocer, aún siguiera haciendo daño sin importar el estar preso.
No quiso decirle nada a nadie todavía, a pesar de la necesidad de mantener informado a Max y a George. Él quería corroborar bien sus sopechas, averiguando mucho más sobre ese tal Oswaldo Hurtado, quien parecía un fantasma.
En aproximadamente dos semanas, Oswaldo le hizo recorrer una lín