El auditorio olía a madera vieja, papel seco y el leve zumbido de los nerviosos estudiantes de primer año. Mia Sinclair no pertenecía al grupo de los nerviosos. Con veintiún años y en su último curso, ya había sacado sobresaliente en todos los cursos de literatura que importaban. Pero este era diferente. Este tenía al profesor Adrian Vale.
Llegó temprano y ocupó el asiento exacto del centro de la primera fila, cruzando sus largas y tonificadas piernas de modo que su corta falda plisada negra su