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TURTELA
En el instante en que Akasha se queda inmóvil, un cambio se asienta en mis huesos. Sus ojos no se encuentran con un solo par de ojos carmesí-dorados, sino con dos, que la miran a través de la pálida luz del espacio iluminado por la luna entre nosotras. Todo a nuestro alrededor se silencia, retenido sin aliento por un silencio tan afilado que parecía conocer a alguien hasta el fondo de su ser. Luego nada se mueve.
Compañeros.
No uno. Dos.
Una figura se alza delante, la más alta de los