91. MOMENTO DE OBLIGARME A HABLAR
Su mirada se torna dorada, y por un instante, juro que veo en sus ojos a mi querido lobo. Su mano aprisiona la mía con firmeza, evitando que caiga de la escalinata del carruaje. Debería sentir miedo, pero lo que se agita en mi pecho es una emoción distinta, salvaje y desconocida. Me asusta... y, sin embargo, también la disfruto.
¿Acaso por fin enloquecí? Talvez. Después de todo, mis noches transcurren en compañía de un gran lobo negro que me lleva en su lomo a paisajes de ensueño. ¿Es solo una