—¡De ninguna manera! —gritó Pembroke saliéndole al paso—. ¡No pueden tocar mis libros! ¡No lo permitiré!
—¡Quítese! —siseó Richard tomándolo de una solapa y sacándolo de en medio—. ¡Y más le vale ni abrir la boca antes de que lo deje en manos de él! —lo amenazó señalando a Elliot, que parecía a pun