—El señor Bell es un respetable anciano, así que compórtate —le advirtió como si fuera un niño chiquito.
Una asistente se acercó a ellos para guiarlos y pocos minutos después estaban atravesando la puerta de la oficina principal.
—¡Kali, hija, qué gusto verte! —sonrió el señor Bell abrazándola con