Debían ser las seis de la mañana cuando la sintió removerse y parpadear con gesto somnoliento.
—Buenos días, nena. —Sonrió él, besando su frente.
—Bueno días, señor lobo —respondió ella con la sonrisa más luminosa que Elliot le había visto a una mujer en su vida.
—¿Lobo? ¿En serio? —Se rio.
—Per