—¿Entonces puedo volver a la oficina?—, pregunto, como la cobarde que soy, porque nunca puedo decirle que no y una parte de mí siente curiosidad por saber qué tiene planeado.
—Sí. —Me guiña un ojo, ¡joder!, me guiña un ojo.
¿Cómo podría negarme? Es irresistible.
—¿Este es tu plan? —Me subo las gafas de sol hasta la nariz.
—Sí, un paseo por la playa te ayudará a desestresarte y relajarte.—
—No estoy haciendo castillos de arena.—
—Yo tampoco. Pero lo que vamos a hacer —saca dos botellas de agua d