Me pone una taza de café en la mano, muy hermosa de pies a cabeza con un vestido rojo espectacular y tacones negros. Está para comérsela. La imagen de doblarla sobre mi escritorio más tarde me pone cachondo. Sin duda lo haremos esta noche cuando se hayan ido todos.
—Buenos días, preciosa.— Me inclino y la beso en los labios, notando su vacilación porque la estoy besando delante de Joseph y de quienquiera que esté mirando.
—William —dice, pestañeando coquetamente con timidez, algo muy inusual en