La tormenta rugía como si el mismísimo cielo estuviera en guerra con la isla.
El viento aullaba, la lluvia golpeaba los cristales y la cabaña crujía como si fuera un anciano quejándose del reumatismo. Pero ahí estaba Carla, durmiendo como si nada, roncando con una potencia que podía competir con el estruendo de la tormenta.
Aziel, que tenía el instinto de supervivencia de un gato en un incendio, no estaba nada tranquilo. Caminaba por la casa como un jaguar enjaulado, con las manos en la cintura