Alice cerró la puerta de la oficina de Dalton con un clic suave, asegurándose de tener privacidad suficiente para hablar con total discreción. Las cortinas pesadas que cubrían las ventanas ahogaban la luz de la mañana, dejando solo el resplandor tenue de la lámpara del escritorio. Con manos firmes, marcó el número que solo podía usar en casos de emergencias absolutas.
El teléfono sonó dos veces antes de que una voz grave y familiar respondiera al otro lado.
—Hablemos, Alice. —No hubo saludos i