En una sala de interrogatorios iluminada solo por el brillo opaco de un foco colgante, Dalton se inclinó sobre la mesa de madera desgastada, extendiendo un mapa arrugado. Sus manos temblaban, ya sea por la cafeína ingerida en exceso o por la presión de los secretos que estaba a punto de compartir.
Al otro lado de la mesa, Alfa, un hombre envuelto en la penumbra que nunca abandonaba del todo su rostro, miraba en silencio. Sus ojos eran pozos insondables que parecían leer más allá de las palabra