La atmósfera en el bar se volvía cada vez más densa, como si el aire estuviera cargado de electricidad. Alice sabía que estaba jugando con fuego, pero la adrenalina la mantenía viva. Su mirada se desvió hacia las rusas, quienes la observaban con interés, listas para ejecutar el plan en cuanto esta diera la señal, algo tan insignificante como un suspiro “deseoso”. Solo eso bastaría para que ellas pudieran ponerse creativas.
El barman, atrapado en el hechizo de Alice, asintió con una mezcla de de