Mundo ficciónIniciar sesiónC5- ¿TU NUEVO CHOFER?
El Bentley negro se detuvo frente a una discreta fachada en la Quinta Avenida.
—¿Dónde estamos? —preguntó Ian, observando la calle a través del vidrio polarizado. —Donde los Hayes compran desde hace tres generaciones —respondió Savanna, recogiendo su bolso—. Cerrado hoy exclusivamente para nosotros. Un hombre de traje impecable les abrió la puerta del vehículo. Savanna salió primero, seguida por Ian, quien disimuló una mueca de dolor al incorporarse. El interior de la tienda era puro lujo discreto. Un hombre mayor, de cabello plateado y postura perfecta, los recibió con una reverencia sutil. —Señorita Hayes, bienvenida. Tenemos todo preparado como solicitó. —Gracias, Olmus. Necesitamos un guardarropa completo para mi... prometido —la palabra sonó extraña en sus labios—. Empezando por un traje para esta tarde. El hombre evaluó a Ian con ojo experto, sin inmutarse por su aspecto ni por la forma en que se sostenía el costado. —Por aquí, señor. Los condujo a una sala privada con varios percheros llenos de trajes y un área de probadores separada por cortinas de terciopelo. —Los dejaré para que elijan. Estaré afuera si me necesitan. Cuando quedaron solos, Savanna se acercó a los trajes, pasando los dedos por las telas. —Este —decidió, seleccionando un traje negro con una sutileza azulada casi imperceptible—. Resaltará tus ojos. Ian tomó el traje y se dirigió al probador. Tras unos minutos de silencio, escuchó un gruñido ahogado seguido de una maldición. —¿Todo bien? —preguntó Savanna desde fuera. —La herida —respondió él secamente—. No puedo levantar bien el brazo para ponerme la camisa. Savanna respiró hondo. —Voy a entrar. Descorrió la cortina y encontró a Ian con la camisa a medio poner, su torso parcialmente expuesto y la herida cuidadosamente vendada. Normalmente, la proximidad de un hombre desconocido la habría hecho hiperventilar. Su trauma, había construido una barrera invisible alrededor de ella. Un metro de distancia mínima. Siempre. Pero ahora, mientras se acercaba a Ian, sus manos solo temblaban ligeramente. No sentía el habitual nudo en el estómago, ni el sudor frío, ni el impulso de huir. —Déjame ayudarte —murmuró, tomando la camisa y sosteniéndola para que él pudiera introducir el brazo con cuidado. El espacio del probador los obligaba a estar cerca. Tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel. Tan cerca que cuando levantó la vista para abrocharle los botones, sus rostros quedaron a centímetros. —¿Siempre tiemblas así cuando estás cerca de un hombre? —preguntó Ian en voz baja. —Es por el café—mintió, intentando sonar despreocupada mientras sus dedos luchaban con el último botón. Sus ojos se encontraron. Azul contra azul. Ian inclinó la cabeza, apenas un centímetro, y el mundo pareció detenerse. Savanna sintió un tirón eléctrico en el vientre que la obligó a retroceder de golpe, chocando contra el espejo. —Ahora viene la corbata. Nerviosa tomó la corbata y la pasó alrededor del cuello de Ian, sus dedos rozando accidentalmente la piel cálida de su nuca. El contacto envió una corriente por su columna vertebral. Sus ojos volvieron a encontrarse mientras ella ajustaba el nudo de la corbata. Las manos de Ian permanecían a los costados, inmóviles, como si entendiera que cualquier movimiento podría romper el frágil equilibrio. —Listo —susurró Savanna, dando un paso atrás con el corazón y todo el cuerpo agitado—. Puedes terminar tú solo. Salió del probador cerrando la cortina tras ella. Se apoyó contra la pared, respirando profundamente. «¿Qué demonios fue eso, Savanna?» se reprendió mentalmente. «Es un extraño. Un hombre peligroso que aceptaste meter en tu vida por desesperación.» Dentro del probador, Ian se quedó mirando la cortina cerrada, sintiendo aún el fantasma de sus dedos en su piel. Esta mujer era un enigma. Vulnerable y feroz a la vez. Y por alguna razón, su cercanía lo afectaba más de lo que debería. Terminó de vestirse metódicamente, ignorando el dolor punzante de su herida. Cuando finalmente salió del probador, la transformación era completa. El traje negro se ajustaba perfectamente a su cuerpo, resaltando sus hombros anchos y su figura atlética. La corbata azul claro hacía que sus ojos parecieran aún más intensos. Ya no parecía el hombre herido de la carretera; ahora era un depredador con una elegancia letal. Savanna, que había recuperado la calma, se quedó inmóvil al verlo. Su boca se abrió ligeramente antes de volver a cerrarse sin emitir palabra. —¿Y bien? —preguntó Ian, extendiendo los brazos ligeramente—. ¿Pasaré la inspección de tu tío? Se giró lentamente, dándole una vista completa del traje. Savanna no pudo evitar que sus ojos se detuvieran en la forma en que el pantalón se ajustaba perfectamente a su trasero. «Dios mío, eso debería ser ilegal» pensó, mordiéndose el labio inferior. «Al menos conseguí un marido falso con un trasero real.» Ian se volvió hacia ella, atrapándola en plena contemplación, alzó las cejas y le dio una sonrisa de medio lado. —¿Aprobado? —Servirá —respondió ella con fingida indiferencia, consultando su reloj—. Estamos contra el tiempo. Aún necesitamos conseguir la licencia de matrimonio y encontrar un juez que nos case hoy mismo. Ian se acercó, invadiendo deliberadamente su espacio personal. Esta vez, Savanna no retrocedió. —¿Sabes? Para alguien que propuso un matrimonio falso, pareces muy comprometida con los detalles. —Los detalles son lo que hacen creíble una mentira —replicó ella, sosteniendo su mirada. La sonrisa de Ian se amplió, genuinamente impresionado por su agudeza. —Está bien, señorita Hayes. Savanna apartó la mirada primero, y poniendo distancia. —Te espero fuera voy a pagar. Ian la observó alejarse, analizando su postura rígida, la forma en que mantenía la cabeza alta a pesar de la vulnerabilidad que había vislumbrado en el probador. Esta mujer era más complicada de lo que había anticipado. Mientras esperaba que Olmus procesara el pago con la tarjeta Savanna no notó al empleado que se acercaba por detrás hasta que estuvo demasiado cerca, invadiendo su espacio personal. —Señorita, ¿puedo ofrecerle algo de beber mientras espera? El hombre extendió una mano hacia su hombro y el pánico fue instantáneo. Su cuerpo se tensó, su respiración se cortó y las imágenes de aquella noche regresaron en oleadas. Pero antes de que el empleado pudiera tocarla, una mano firme lo detuvo. Ian apareció de la nada, interponiéndose entre ellos con una fluidez que contradecía su herida reciente y en un movimiento suave pero definitivo, atrajo a Savanna contra su pecho mientras mantenía al empleado a distancia con una mirada que habría congelado el infierno. —Soy su esposo—dijo con voz baja y amenazante—. Y nadie vuelve a ponerle una mano encima. ¿Entendido? El empleado palideció, retrocediendo con las manos en alto. —Lo-lo siento, señor. No sabía... —Ahora lo sabes. —Estoy bien —murmuró Savanna, separándose ligeramente pero sin romper completamente el contacto—. Podemos irnos. Ian mantuvo una mano protectora en la parte baja de su espalda mientras salían de la tienda. Un gesto posesivo que, para cualquier observador, confirmaría su historia de amor relámpago. Pero para Savanna, fue la primera vez en años que el contacto masculino no la hizo sentir vulnerable, sino protegida.Después del papeleo, Ian y Savanna completaron el trámite, estaban formalmente casados. Ian se recostó contra el cuero del asiento, observándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda.
—Ya tienes el papel —soltó—. ¿Qué sigue en tu lista de guerra?
Savanna dobló el acta y la guardó en su bolso, girándose hacia él. Su mirada chispeó con una determinación gélida.
—La junta de accionistas.
Ian asintió lentamente, una sonrisa ladeada y peligrosa asomó en su rostro.
—Bien, estoy listo.
El coche se detuvo frente a las torres de Hayes Holding. Entraron en el vestíbulo y el tiempo se detuvo. Las secretarias dejaron caer los teléfonos y los ejecutivos se quedaron petrificados. Savanna caminaba con la cabeza alta, pero todas las miradas terminaban desviándose hacia el hombre que la escoltaba. Ian caminaba con una elegancia depredadora, sus ojos azules escaneando la sala como si estuviera marcando objetivos.
Mientras tanto, en el último piso, dentro de la gran sala de juntas, Arthur Hayes se reclinaba en la silla de presidencia. Tenía una copa de cristal en la mano y una expresión de triunfo que le deformaba el rostro.
—Savanna no ha llegado —se burló, mirando a los demás socios con suficiencia—. Supongo que finalmente aceptó su derrota.
En ese instante, las puertas dobles se abrieron de par en par.
Savanna entró con un vestido rojo sangre y detrás de ella caminaba Ian, quien llenó la habitación con su sola presencia. Su mandíbula apretada y su mirada de acero hicieron que dos socios se encogieran en sus asientos.
Arthur se puso de pie de un salto, golpeando la mesa con las palmas.
—¿Qué es esta falta de respeto? —Su rostro pasó de la sorpresa a la furia en un segundo—. ¿Quién es este muerto de hambre que traes contigo, Savanna? ¿Tu nuevo chofer?







