C3- CÁSATE CONMIGO
Él flotaba en la oscuridad de su inconsciencia cuando los recuerdos lo asaltaron.
El callejón oscuro.
El hombre de traje que lo esperaba.
La conversación que se convirtió en amenaza.
"El jefe quiere que entiendas el mensaje."
Y luego el cuchillo que había aparecido de la nada. Esquivó el primer ataque, pero el segundo le rozó el costado, entonces llegó el dolor agudo, la adrenalina y después su entrenamiento tomando el control mientras bloqueaba el tercer ataque y giraba la muñeca del atacante hasta que el cuchillo cambió de dueño.
Una estocada, precisa y fatal.
La sangre en sus manos mientras corría por calles desiertas, la herida pulsando con cada paso hasta que llegó a la carretera y vio las luces de un auto y después, oscuridad.
Abrió los ojos de golpe.
La luz de la mañana inundaba la habitación. Intentó moverse, pero algo metálico mordió su muñeca derecha, alzó la mirada y vio su brazo asegurado con esposa al marco de la cama.
Forcejeó instintivamente, haciendo sonar el metal contra la madera.
—Buenos días —dijo una voz femenina.
Él se tensó al instante.
No por miedo, sino por algo más primitivo, porque esa voz tenía un efecto casi físico en él.
Giró la cabeza y la vio.
La mujer de anoche, pero ahora a plena luz. Llevaba unos shorts que dejaban ver piernas largas y perfectamente torneadas. Una camiseta holgada que caía sobre su cintura estrecha, insinuando la curva de sus pechos y su rostro, enmarcado por mechones de cabello rubio, la hacía una belleza clásica.
Pero fueron sus ojos grises, fríos como el acero, los que lo capturaron.
—¿Ya terminaste la inspección? —preguntó ella con tono ácido dándose cuenta del descaro en su mirada.
Él endureció su expresión, tirando nuevamente de la esposa.
—¿Es necesario esto?
Savanna miró la esposa mientras bebía un sorbo de su café.
—Es por seguridad. No todos los días encuentro a un posible asesino en serie sangrando en la carretera.
—Si fuera un asesino en serie, las esposas no te salvarían —replicó él con una media sonrisa. —¿Quién eres?
Ella dejó la taza sobre la mesita de noche y se sentó en la silla frente a él, cruzando las piernas con deliberada lentitud, sus ojos se clavaron en los de él como dos dagas.
—Estás en mi casa, en mi cama, con mis puntos de sutura manteniéndote con vida. Así que… las preguntas las hago yo —dijo sacando el anillo de oro —¿Te apellidas Moretti?
Él se quedó inmóvil y su rostro fue una máscara impenetrable.
—¿Revisaste mis cosas?
—Por supuesto que lo hice. Un extraño amenaza mi vida con un bisturí. ¿Esperabas que te preparara el desayuno sin hacer preguntas?
Él la estudió por un momento y al instante, supo que esta mujer era diferente.
Directa. Inteligente y peligrosa a su manera.
—¿Cómo te llamas realmente? —inquirió Savanna — ¿Y qué hacías desangrándote en una carretera poco transitada?
Él guardó silencio.
No podía decirle que intentaron matarlo. Tampoco podía revelar su verdadera identidad. Porque si lo hacía, el plan que había estado construyendo durante meses se iría a la m****a.
—Ian Smith —mintió.
Savanna alzó una ceja.
—¿Ian Smith?
—Sí —afirmó él—. Y soy... —sus ojos se encontraron con los de ella por un segundo— un ex-contratista militar. Me traicionó mi unidad.
Era una media verdad. Había pertenecido a los SEAL, lo que explicaba sus conocimientos tácticos, sus cicatrices y su entrenamiento en combate.
—¿Militar? —los ojos de Savanna se abrieron con sorpresa e interés.
Ian asintió, se movió ligeramente y una punzada de dolor atravesó su costado, arrancándole un gruñido. Savanna se transformó instantáneamente, se inclinó sobre él, levantando el vendaje para examinar la herida.
—Te dije que no te movieras bruscamente. Los puntos podrían abrirse.
Estaban tan cerca que Ian podía oler su champú. Algo floral y fresco. Sus rostros que quedaron a centímetros hizo que la respiración de Savanna se acelerara ligeramente.
Ella se apartó de golpe, volviendo a su silla y se aclaró la garganta, queriendo omitir ese pequeño momento.
—Necesito proponerte algo —dijo de repente. Lo había pensado toda la noche y la decisión estaba tomada, tomaría el riesgo.
—¿Proponerme? ¿Qué cosa?
—Cásate conmigo.
Ian la miró con incredulidad antes de soltar una risa seca.
—¿Estás jodiéndome, verdad?
Savanna negó seria y él abrió y cerró los labios sin saber qué decir.
—¿Qué carajos? ¿Qué? ¿Te enamoraste de mí a primera vista o le propones matrimonio a todos los que recoges de la carretera?
El rostro de Savanna enrojeció, se puso de pie y le dio la espalda, abrazándose a sí misma. Ian no pudo evitar recorrer con la mirada la curva de su espalda hasta sus caderas.
Tragó saliva, sintiendo cómo su pulso se aceleraba.
—Mi tío Arthur Hayes está intentando quitarme la empresa —confesó ella sin girarse—. Hay una cláusula en el testamento de mi padre. Si no estoy casada, pierdo mi participación mayoritaria. Y ya él… ya él ha comenzado a mover sus fichas.
Se giró, y sus ojos mostraban una vulnerabilidad que golpeó a Ian en el pecho, sin saber por qué.
—No sería un matrimonio real —añadió rápidamente—. Te pagaré bien. Te daré un divorcio limpio cuando todo termine. Solo... —su voz bajó casi a un susurro— considéralo como pago por haberte salvado la vida.
Ian la observó, sorprendido por cómo esa mirada suplicante lo afectaba. La idea de ese tal Arthur haciéndola sufrir le provocó una ira inesperada.
¿Pero… casarse?
Era una locura.
Entonces pensó en su plan y en el ataque, en su llegada a Nueva York con un único propósito: cazar a los cuatro CEOs responsables de la caída de su familia hace 17 años.
Los mismos que creían que Ian Moretti había muerto en aquel accidente.
Y de repente, estar casado con Savanna Hayes significaba acceso directo al mundo empresarial donde se movían sus objetivos.
Era el disfraz perfecto.
No supo si fue su propio interés o eso que de alguna manera lo ataba a la mujer que lo salvó, pero…
—Acepto —dijo antes de poder contenerlo—. Pero se hará bajo mis términos. Ahora… libérame.