Capítulo 27. No me dejes, Bambino Pazzo.
En el trayecto no hubo conversación. El silencio del coche era pesado, apenas interrumpido por el roce del vaso cada vez que Seiya lo llevaba a los labios. Bebía despacio, sin verdadero apetito, a mitad del camino metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta. De allí sacó un frasquito de pastillas y, con naturalidad ensayada, volcó varias en su palma antes de tragarlas con un sorbo de café. Eliot lo observó con detenimiento, su mandíbula se tensó, pero no dijo nada, solo desvió la mirada
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