Capítulo 2

Las presentaciones estaban demás desde que vimos a Samuel salir del ascensor. Mariana, me hizo rodar los ojos cuando se toparon de manera accidental tirando unos documentos que llevaba en sus manos, y él la ayudó con una sonrisa digno de anuncio de pasta dental, juro que el tiempo casi se detuvo o más bien, pasó en cámara lenta cuando los dos tocaron sus manos al recoger las carpetas.

Asco.

—Voy al baño a vomitar —Valeria, se ríe de mi expresión al verme salir despabilada hacia el baño.

—Las muestras de cariño no son lo tuyo —dice cuando llego de lavarme la cara.

No, porque eres una amargada. Mi subconsciente aparece cuando menos me lo espero.

—Tú sabes mejor que nadie que eso es una realidad.

—¿Cuándo dejarás esa coraza?

—¿Qué coraza? No sé de qué me hablas —La ignoro y doy gracias a Odín, que somos interrumpidas por la llamada de la secretaria de presidencia, llamada Sammy.

El señor Valentino las espera en su oficina —Nos informa Sammy.

Tomamos el ascensor hacia el siguiente piso. Al parecer Samuel se había equivocado al llegar a nuestro piso, así que me rio ante eso al recordar cuando se regresó apenado hacia el siguiente, donde seguro esta con el jefe.

—Sammy. —saludo y ella asiente, señala en dirección a la oficina del gran jefe, como muestra que tenemos luz verde para pasar directo, toco y ante el «adelante» de Valentino, abro la puerta, en efecto ahí esta Samuel, de piernas cruzadas, con su saco café y frente a nuestro jefe con su saco gris.

Valentino es joven, a sus veinticinco años ha logrado mantener la empresa de su padre y aumentar los clientes, era un nerd en la universidad y hace suspirar a cuantas mujeres lo miran, pero resulta que ninguna de esas mujeres soy yo.

Lo veo y no siento nada.

Al vernos Valentino, se levanta.

—Samuel te presento a Valeria y Diana, ellas llevan la marca Boss.

El individuo se levanta, es más alto de lo que imaginé cuando lo vi allá abajo, ya de cerca si tiene buen tamaño, me lleva como tres cabezas, justo el indicado, de esos que, entre más grandes, más les dolerá al caer.

—Mucho gusto. —extiende su mano hacia Valeria, y esta la toma sonriente, luego la dirige hacia mí y por educación la tomo.

—Así que Diana Gales, ese apellido me suena.

—Te suena a, ¿tu peor pesadilla? —respondo seria y me gano un codazo de Valeria—¡Auch!

—Ella solo está bromeando, ¿verdad, Diana? —pregunta entre dientes, yo solo aparto la mirada cruzada de brazos.

—Así que los rumores son ciertos, Diana, el terror de Fontaine.

—¿Terror? ¿Perdón? —frunzo el ceño—, explícate —Le ordeno.

—Dicen que eres una fiera muy difícil de domar, aunque te recuerdo que ahora eres mí secretaria —hace énfasis en «mí».

—¿Disculpa? —esta vez me dirijo a Valentino— ¿Secretaria de quién…? ¿De esto…? —Lo señalo con el dedo índice— Sí claro, para que te quede bien claro, Samuelito —frunce su ceño al escuchar el diminutivo de su nombre—, aquí, yo no soy menos que tú, conozco la marca mejor que tú, así que no voy a permitir que…

—Diana —la voz de Valentino me interrumpe— Samuel tendrá un cargo más que el de Valeria, por ende, más que el tuyo —Siento una punzada a mi próstata, que, por cierto, no tengo, me han dado las palabras de Valentino, traidor.

Mientras el susodicho tiene una sonrisa de victoria en su rostro.

—Así que puedes ir preparándome un café, Dianita.

Hijo de…

Protestaría, pero una sonrisa amplia se dibuja en mi rostro.

—Por supuesto, jefecito —digo viendo a Valentino, quien niega como advirtiendo que no haga lo que estoy pensando—. Con permiso —Me giro sobre mis talones, apresurada y molesta, me voy con una Valeria, detrás de mí casi corriendo, nuestros tacones resonando en todo el piso, la puerta del ascensor se abre y entramos.

—¡Ese maldito Valentino! ¿Que se cree? ¿Cómo me pone de jefe a ese desgraciado? es más, seguro y me despiden y tendré que trabajar para mi padre, la última cosa que deseo.

—Cálmate por favor, no te ahogues en un vaso con agua —La miro molesta, enfurecida— esa mirada no funciona conmigo Diana.

Es cierto ella no me tiene miedo

—A veces te odio.

—No me odias, me amas, es por eso qué estas así —me abraza la cintura para que me tranquilice—, no tengo de otra, igual me quedará más cerca de casa. Aunque te extrañaré mucho mi amargada, nos veremos siempre que tengamos oportunidad. —trata de consolarme, pero es inútil, aunque sucumbo y me calmo, debo resignarme a perderla.

Deja el melodrama.

Al llegar a nuestro piso, me voy a la cocina dando brinquitos de alegría, le hago el café al Dios del inframundo y se lo llevo a su escritorio donde está con Valeria.

—¿Pero que es esta m****a? —lo veo escupir el contenido de la taza, con una mueca desagradable en su rostro.

—Café —digo tranquila como lo más obvio, tomo asiento y tecleo los últimos informes, Valeria, niega en desaprobación.

—Lo siento —se disculpa ella.

—No tienes por qué disculparte, tú no hiciste nada. —me ve con mucho odio mientras ella se levanta y lleva la taza con el asqueroso café hacia la cocina.

Café, sal y polvo de chile.

—Veremos que dice Valentino sobre esto —eso suena a una amenaza.

¡No te dejes! ¡No seremos su sumisa!, pienso con una sonrisa.

—Veremos. —lo reto con la mirada.

Estamos en un combate de miradas cuando Valentino, nos interrumpe.

—¿Conociéndose? —pregunta, burlón.

—La verdad es que estaba probando el café que ella me hizo.

 Chismoso.

—Seguro te encantó, me sirvió uno igual su primer día de trabajo en Fontaine.

—¿Qué? —sus ojos se van a salir y su boca casi pega al piso, yo solo sonrío sin verlos tecleando en mi laptop— Y ¿por qué aún sigue trabajando aquí?

—Soy la mejor en lo que hago, ¿no, Valentino?

Él sonríe y asiente

—Es hora de irnos Diana, hoy es el día. —Bufo.

—¡Genial! —finjo emoción dando leves aplausos. Samuel, arruga su ceño en confusión.

—Ustedes son, ya saben tienen… por eso es por lo que no la despides, te la estás cogiendo. —nuestros ojos se encuentran en orbes y Valentino, soba su sien negando, estamos acostumbrados a ese tipo de reacción.

—Baja la voz, idiota, no es eso —trato de explicar—, ¿cómo se te ocurre decir eso, imbécil? ¡Valentino! —me quejo, el aludido solo se ríe y sigue sobando su sien.

—Vámonos, y tú pedazo de porquería —me dirijo a Samuel—, te callas, no es eso, ni nada parecido, el león cree que todos son de su condición.

—Ok —se encoje de hombros—, pero no me niegues que todo eso es raro, además que los rumores…

Lo fulmino con la mirada y doy la vuelta, molesta.

—¡Genial! Ahora cree que no me dices nada porque estamos cogiendo —eso lo digo en un susurro mientras pasamos por los demás cubículos—, ¡Maldito Murphy!

—Tranquilízate, mientras nosotros sepamos la verdad, que no te importe lo que piensen los demás.

—La verdad no me importa lo que piensen de ti, porque sería una clara señal de que mejoraste de forma considerable en tu gusto en mujeres. —Me burlo.

—Eres lo peor. —Me sonríe apretándome la nariz.

Bajamos en silencio en el ascensor y tomo mi celular, sonrío al ver la imagen que Virginia me ha enviado de que ya está lista para el dichoso evento, ¿por qué a ella si le gustan estas cosas?

Caminamos hacia el estacionamiento, abre la puerta para que me suba y la rodea el auto para subirse al asiento del piloto.

—Pasaremos por tu casa para que te cambies. —señala mi vestimenta como señalando a un vagabundo.

—¿Para qué? —Me cruzo de brazos en el asiento del copiloto.

—No irás así al evento.

—¡Ya que!

—Ponte el cinturón. —Ordena, casi ladrando.

—Sí, papá…

Sonríe, en el trayecto no hablamos, sin embargo, no nos incomoda. Nos conocemos desde niños, aunque mamá dice que desde el vientre. Valentino, tan solo me lleva unos meses.

Llegamos a casa y entro a mi habitación para darme una rápida ducha, el vestido elegante para el evento está sobre la cama junto a una caja con los zapatos a juego.

Virginia dejó todo listo para mí, no sé qué haría sin ella.

Mi hermana ya salió de casa rumbo al dichoso evento.

Estoy terminando de arreglarme, y me maquillo ante la mirada atenta de Valentino. Estoy de mal humor, como de costumbre, estos eventos me ponen de malas, tengo que soportar a los familiares de los que trabajaban con mi padre y además de eso, hombres que solo pretenden ligar y pasar una buena noche.

 —No se te ocurra dejarme sola como la última vez, sin los gemelos tuve que arreglármelas para que el hijo del teniente Mendieta, el tal Santiago, me dejara en paz, es más, no estaba Virginia, para fingir ser mi novia lesbiana sumisa.

Me pongo de pie al terminar y Valentino, se ríe al verme cruzada de brazos cuando le reclamo el haberme dejado sola la última vez, y me acerca a él.

—Que bella estás —diciendo eso salimos de casa, besa mi sien y abre la puerta del auto.

—Mi padre te encargó llevarme, ¿cierto? —hago un puchero cansada de que me obliguen a salir de casa. Bufa mientras acomoda su cinturón en el auto.

—Tu padre te ama, te necesita y tú lo sabes.

—Yo también lo amo.

—Lo sé —sonríe y le devuelvo la sonrisa—, se siente culpable. Tienes que hablar con él y aclarar las cosas, sé que tú no piensas que él tenga culpa, pero por favor acláralo. —Su voz parece una súplica y eso es nuevo para mí.

Saco todo el aire contenido cuando llegamos al salón donde está el evento en todo su apogeo.

—¿Crees que este vestido es demasiado revelador?

Me mira con un atisbo de molestia

—¿Tú lo escogiste? —asiento— ¿Y lo escogiste por qué te gustó?

—Me veía bien cuando me lo probé.

—Entonces es perfecto para ti, si tú lo escogiste y viste que era para ti, no hay nada más de que hablar, estás perfecta, nena. Debes trabajar en esa inseguridad, ¿bien?

—Bien.

Como es de esperarse, apenas llegamos somos el centro de miradas tanto de hombres como de mujeres, hace muchos años creían que ambos terminaríamos juntos, sin embargo, jamás nos vimos de esa manera.

Valentino, me dijo que me amaba, era cierto, lo había escuchado claro, el caso es que soy como la hermana amargada y fastidiosa que gracias a Dios no tuvo, palabras de él, le creí, porque yo siento lo mismo por  él, es como el hermano guapo al que debo espantarle las novias que considere no son dignas.

Desde hace casi dos años no asisto a estos eventos por vergüenza, gracias a Rodrigo, quien no se portó tan bien como parecía.

Así que hoy después de dos años de ausencia, estoy acompañando a mis padres.

Me es difícil salir, así que lo hago para complacer a mis padres y vean que estoy bien, y de esa manera no preocuparlos. Del trabajo a casa sino es así, mi hermana me arrastra de compras con ella.

Escucho un par de cuchicheos, de hecho, escucho muchos cuchicheos, pensé que estaba lista para esto, aprieto con fuerza el brazo de Valentino que se encuentra entrelazado con el mío, y siento su caricia sobre él, me regala una sonrisa cálida, aunque no dice nada, con ese gesto me hace sentir mejor, «estoy contigo nena».

Caminamos directo a la mesa asignada donde están nuestros padres, al vernos amplían más sus sonrisas, aman vernos juntos, pero por cuestiones de la vida que no comprendemos, no podemos complacerlos en lo que desean.

Me encuentro con los ojos marrones de mi padre quien se levanta y extiende sus brazos con una sonrisa de oreja a oreja, me suelto del agarre de mi amigo y lo abrazo, lo amo muchísimo, es un gran amigo y me ayudó en lo que estuvo en sus manos.

—Nena, me alegra mucho que hayas decidido venir.

Mi madre también me saluda tan efusiva como siempre

—Sabes, el hijo del teniente Mendieta, ahora es un exitoso abogado y además está muy guapo —susurra mi madre—, me ha preguntado por ti, como todos los años. —Me codea despacito, coqueta.

—Mamá, te amo, pero por hoy quiero seguir sola. —La abrazo y beso su mejilla, ella me ve con sorpresa en su rostro.

—Y yo a ti, nena. —Me mira con ternura.

Cenamos animados, escuchamos anécdotas de sus días de juventud. La estoy pasando de maravilla, pero como mi vida está maldecida, nada me sale como espero.

He bailado con cada uno de los hijos de tenientes, oficiales y suboficiales, en especial con el hijo del teniente Mendieta, Santiago. No me mal entiendan, el hombre no está nada mal, es un hombre atractivo e inteligente, pero…

—Sí, uno de mis mejores casos, la verdad desde que empecé a ejercer, no he perdido ninguno y solo he tenido casos delicados, y muy importantes —da un sorbo a su copa—, el bufet Montenegro, en el que trabajo es el más reconocido de la ciudad, ¿recuerdas el caso Colson? pues ese caso lo llevé yo y es obvio, lo gané.

Sí, es un egocéntrico y no para de hablar de él, además de ser la reencarnación de Narciso ¿sabes quién era Narciso?  Pues este idiota es su reencarnación, no lo soporto.

Bla, bla, bla…

Habla y habla,  miro hacia todos los lados posibles para encontrar una salida, rumbo a mi libertad. ¡Maldito Valentino! me las vas a pagar. Mi hermana baila como si el mundo se fuese a acabar hoy, yo estoy de pie entre el infierno que representa Santiago, y el paraíso que es la mesa de deliciosos bocadillos y bebidas, las cuales no he dejado de consumir y ya me estoy empezando a marear con tanto champagne.

Y Narciso, sigue con su bla, bla, bla sobre —supongo que—, él, porque yo ni siquiera he articulado palabra y tengo más de media hora aquí, ¡rayos!

—Hola ¿Cómo estás? —Me saluda un hombre ojos azules, con sonrisa emotiva, ¿pero qué m****a?—. Por fin te encuentro de nuevo, te estaba buscando. —Levanta sus cejas y hace una mueca que entiendo a la perfección, señalando al individuo a mi lado, quien, por fin, cierra la boca cuando nota la presencia del desconocido.

—¿Y tú eres? —Su tono es algo molesto por haber interrumpido su muy, «interesante charla».

—Fabrizio D´Angelo, un gusto. —Se dan un apretón de manos, y luego dirige su mirada hacia mí.

—Tú me debes algo, ¿recuerdas? —Estoy como una estúpida estatua, tratando de digerir lo que dice, y aprieta mi mano, esa es la señal que mi cerebro procesa.

—¿Se conocen? —pregunta Narciso, arrugando su ceño.

—¡Sí! —tomo la mano de Fabrizio, y me voy con él a la pista de baile, aprieto su agarre porque de tanta verborrea de Narciso, tomé más de la cuenta. Suena una canción lenta, así que le advierto que se me hace difícil bailarla y me disculpo de antemano por si lo piso.

—No te preocupes, yo te dirijo.

Y así lo hace, rodea mi cintura, me tenso un poco al sentir su tacto, nerviosa pongo mis manos sobre sus hombros, puedo seguirle el ritmo sin tantas vueltas, porque suficiente el mareo que me cargo por culpa de Narciso.

—Gracias. —digo después de un incómodo silencio.

—La verdad que lo hubiera hecho desde que empezaste a devorar los camarones en salsa al ajillo, pero fue divertido verte incómoda tratando de escapar —Sonríe gracioso.

Tiene una bonita sonrisa. Lo veo con los ojos entrecerrados.

—Me hubieras evitado la borrachera, porque te aseguro que estoy más que mareada con tanto parloteo de ese egocéntrico, sumándole las copas de champagne que tomé de más.

—Según escuché, el tipo con el que estabas es un exitoso abogado —ruedo los ojos y me mareo más—, muchas matarían por estar en tu lugar.

—¿Mi lugar? —Me rio ante semejante absurdo.

—Sí, él no hacía más que verte desde que llegaste y buscando una excusa para acercarse.

—Pues les hubiera agradecido que me mataran y evitarme esa tortura, es por eso que necesito a Valentino, solo que siempre me hace lo mismo, maldito, mañana le arrancaré los…

—¿Valentino? —Me interrumpe— ¿Valentino Fontaine?

—Si ese mismo, ¿lo conoces?

—Algo así, ¿Qué hay con él?

Seguro se está cogiendo a alguien en algún lugar, pienso.

—Ya no importa, si me disculpas necesito tomar aire —Me suelto de su agarre y me dirijo como puedo a la azotea, con él siguiéndome.

—Ten cuidado. —advierte tomando mi brazo al casi tropezar.

Estoy acalorada y mareada, toma una botella con agua y me la extiende, y tomo casi todo el líquido, me recuesto en el barandal de la azotea, la vista de la ciudad por la noche es exquisita, el aire golpea mi rostro y alborota mi cabello que nada tarda en deshacerse, lo había peinado cayendo en cascada a un lado de mi hombro, cierro unos segundos los ojos y aspiro un poco de aire, es tan relajante.

—No te había visto antes en estos eventos —rompo el cómodo silencio observando de perfil.

—Un amigo me ha invitado, vengo de Italia a trabajar con él, supongo que está por ahí, con una rubia.

—Algún ingrato amigo como el mío, que seguro está haciendo lo mismo que el tuyo. —reímos.

Hace mucho no interactuaba con otra persona que no fuese de mi familia o amigos cercanos, con amigos me refiero a Valentino y Valeria.

—Por cierto, soy Diana, bonito momento de presentarme cuando hasta ya hemos bailado —sonríe de lado—, tu rostro me parece familiar, es como si tuviese un déjà vú al verte.

—Desde que te vi entrar del brazo con Valentino Fontaine, supe quien eras… —su mirada es profunda, ¿dónde he visto esos ojos antes?

Levanta su mano y toma un mechón de mi cabello, no le prestó atención a eso, porque el color de sus ojos es algo hipnótico, es como si pudiera trasladarme al lugar en donde los vi por primera vez.

—Tú tienes algo que me pertenece…

Somos interrumpidos cuando la puerta de la azotea se abre dejando ver a una pareja sonriendo, cuando vuelvo mí vista hacia ellos, mi semblante se endurece, mi corazón da un vuelco entre sorprendida, triste, molesta y acabada, no hago más que apartar mi mirada.

Adiós momento de relax. El hombre sonriente, se acerca a nosotros, yo aprieto mis puños, mi cabeza duele más cuando lo escucho hablar.

—Diana, hola, que hermosa estás —sus ojos recorren mi cuerpo quedándose en mi escote de corazón—¡Oh, vaya! dejaste crecer tu cabello.

No respondo, estoy temblando y mi estómago amenaza con traicionarme.

—Vamos Diana, no estarás molesta toda la vida, ¿o sí?

Quiero contestarle, decirle sus cuantas verdades, pero me quedo quieta y muda, siento un brazo rodearme, es Fabrizio, y lo miro sorprendida. Soy renuente a que alguien me toque, no si es mi familia, los afectos por gente fuera son incómodos, pero lo soporto porque me está ayudando o al menos así lo siento.

—Supéralo Di.

Aprieto tanto mis manos que entierro mis uñas en la palma de estas, él toma a su acompañante y le da un beso desesperado y lleno de lujuria, mientras la besa me mira, esos ojos negros que se burlan de mí.

La suelta sonriendo, sabiendo lo que me ha causado este encuentro.

En cuanto cruzan el lumbral de la puerta me inclino para vomitar, Fabrizio, me ayuda de inmediato, con la mano trato de alejarlo, aun así, no lo hace, toma mi cabello y lo sostiene mientras pone la otra mano en mi espalda.

No está en mi lista de cosas por hacer antes de morir, que un desconocido cuyo nombre no recuerdo por la borrachera que me cargo, me viera vomitar toda la cena y el licor que he ingerido, menos que me viera temblar ante la aparición de mi némesis.

Mis ojos están llenos de lágrimas por las arcadas que di y también por la indignación, lo que más temía se había vuelto realidad.

Ha regresado.

Estoy sentada en el piso de la azotea viendo un punto fijo, junto a mí, sigue Fabrizio.

Veo a Valentino correr hacia mi dirección asustado al verme en esas condiciones, se inclina y me abraza susurrando una disculpa, sabe porque estoy en tan mal estado, él también lo vio.

No articulo palabra alguna, me levanta y carga, rodeo su cuello con mis brazos y hundo mi cara en su clavícula, me siento muy mal tanto física como mentalmente, hecho un vistazo hacia el desconocido de nombre raro y me regala una sonrisa con un asentamiento, con sus manos en sus bolsillos.

No sé si lo volveré a ver, pero al menos no sentiré vergüenza si algún día me lo encuentro, pensar en eso al menos me tranquiliza o es lo que pienso, uno con borrachera encima piensa cualquier pendejada y yo soy la pendeja del año, es más, me llevaría el premio Nobel a la pendejada si existiera.

Mi amigo me sube al auto y pone su saco cobre mi cuerpo, conduce en silencio, cuando llegamos a casa me vuelve a cargar hasta ponerme sobre la cama.

Valentino, acaricia mi cabello y yo sollozo por lo bajo recostada en su pecho.

—¿Por qué todo lo malo me sucede a mí?

—Shhh, tranquila, no pienses en nada, duerme; te amo, ¿lo sabes?, duerme Diana, solo descansa.

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