Zoey comprendió que Bailey la torturaba. La llevaba a la cima del deseo solo para lanzarla al abismo y después arrastrarla por la fuerza de nuevo a las alturas.
Aquello no solo era excitante, sino también una auténtica tortura. Nunca la dejaba llegar al clímax. La mantenía al borde y se detenía antes de que acabara, hasta obligarla a suplicar.
—Por favor, solo una vez... déjame terminar.
Estaba desesperada por correrse. Sus paredes palpitaban y se apretaban alrededor de él, pero Bailey no cedía.