CORANO
—¿Alguna vez la has visto correrse? —le pregunto a John, que niega rápidamente con la cabeza—. Mientes. —Sus ojos se clavan en los míos y yo señalo la cámara en la esquina—. Apuesto a que tienes una en su habitación.
—Es solo por seguridad —dice, y agarra su servilleta para secarse el sudor de la cara.
—No te preocupes, te dejaré mirar. —Va a tener un asiento en primera fila de lo que nunca podrá tener. Yo también he estado viendo la cámara de su habitación. No solo para observarla a ell