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CAPÍTULO 8: EL PRECIO QUE NADIE ESPERABA

La mañana siguiente al nacimiento amaneció limpia y brillante, como si el cielo mismo hubiera lavado todas las sombras de la noche anterior. El sol bañaba los cañaverales con un tono dorado que parecía nuevo, y el aire olía a tierra mojada y a flores que se abrían al amanecer. Pero dentro de la casa, la calma era frágil, sostenida solo por el milagro que acababa de ocurrir y la incertidumbre de lo que vendría después.

Don Tadeo se había quedado sentado en el rincón toda la noche, sin hablar, sin moverse apenas, observando cada respiración del bebé, cada gesto de Mariana. Ya no era el hombre impasible y duro que había entregado a la mujer de papel por veinte monedas. Ahora parecía años más viejo, como si al romperse su plan perfecto se hubiera roto también la armadura que lo mantenía de pie durante dos décadas.

—No todo termina aquí —dijo al fin, con voz ronca, cuando el sol ya estaba alto en el cielo—. Pensaste que con nacer él, con volver a ser carne, todo quedaba saldado. Pero las fuerzas que usé no perdonan que se cambien las reglas tan fácilmente. Yo pedí un pago, y ellas exigieron algo más que un simple matrimonio o una vida de sufrimiento. Si rompes el trato, la deuda no desaparece: solo cambia de mano.

Julián apretó la mano de Mariana, que descansaba con el niño en brazos, protegiéndolos instintivamente.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, sintiendo cómo se le helaba la sangre en las venas.

—Las veinte monedas no eran solo dinero —explicó el anciano, mirando al vacío como si viera el pasado dibujado en las paredes agrietadas—. Cada una representaba un año de vida que mi hermana perdió cuando la abandonaron. Cada moneda era un juramento de dolor. Cuando aceptaste el trato, te comprometiste a cumplir lo que estaba escrito. Pero al nacer este niño, al convertirte tú en mujer completa, has deshecho el equilibrio. Y ahora… ahora algo debe darse a cambio.

Doña Rosa dio un paso adelante, temblando de pies a cabeza.

—¿Quieres decir que hay un precio nuevo? ¿Que no podemos ser felices ni siquiera un día?

—No lo quiero yo —respondió Don Tadeo con amargura profunda—. Lo exige el pacto que yo mismo sellé. Pensé que al final ella volvería a ser papel, que desaparecería y la deuda quedaría pagada. Pero ella se ha quedado. Se ha hecho real. Y para que la vida que ha tomado no se desvanezca de golpe, hay que ofrecer algo que tenga el mismo valor. Algo que signifique tanto para ti como lo que mi hermana significó para mí.

El miedo empezó a apoderarse de ellos despacio, helando la alegría que apenas habían conocido. ¿Qué podía valer tanto? ¿Su tierra? ¿Su libertad? ¿O algo mucho más doloroso, como la vida de uno de ellos?

Ese mismo día, las desgracias empezaron a llegar una tras otra, como si el destino mismo les recordara que no podían escapar tan fácil. Primero se enfermaron los animales que les daban sustento: las gallinas dejaron de poner y una cabra amaneció muerta sin razón aparente. Luego la cosecha que estaba por recogerse se marchitó de golpe, las cañas se doblaron como si una plaga invisible las hubiera atacado. Por la tarde, cuando Julián fue al pueblo a buscar ayuda, nadie quiso acercársele. La gente murmuraba en las esquinas que lo que habían hecho era contra natura, que habían despertado fuerzas que debían dormir para siempre, y que la desgracia caería sobre todo aquel que se les acercara.

—Es su culpa —decían en voz baja—. Quisieron jugar con lo sagrado, y ahora todos pagaremos el precio.

Mariana escuchó todo esto con el corazón encogido. Sabía que no era culpa de nadie, pero también sabía que mientras ella estuviera allí, su familia estaría en peligro. Una tarde, mientras Julián intentaba salvar lo poco que quedaba de la huerta, ella se sentó junto a Don Tadeo, que observaba en silencio la sequía repentina que había caído sobre los campos.

—¿Si yo me voy… si vuelvo a ser lo que era… todo volverá a la normalidad? —preguntó con voz quebrada, acariciando su vientre.

El anciano la miró, y por primera vez se vio en él el cariño de un hermano mayor.

—Si te vas, él vivirá con el dolor toda su vida. Y este niño… este niño crecerá sin saber quién fue su madre. Pero si te quedas… tendrás que luchar cada día. Porque el pacto no va a dejar de reclamar lo que cree suyo.

Cuando Julián volvió a casa y encontró a Mariana con lágrimas en los ojos, supo que algo terrible se le había ocurrido.

—No pienses en irte —le dijo, tomándola con fuerza entre sus brazos—. No fuiste un pago, ni un castigo, ni un regalo prestado. Eres mi mujer y la madre de mi hijo. Y si hay un precio que pagar, lo pagaremos juntos. Si hay que romper hechizos, lo haremos juntos. Si hay que enfrentarse a todo el mundo, lo haremos los cuatro, como la familia que somos.

Don Tadeo escuchó esas palabras y bajó la mirada. Por primera vez en veinte años, empezó a dudar de su propia justicia. Empezó a pensar que quizás el error no había sido solo del hombre que amó y se fue, sino también de él, al convertir el dolor en un arma. Y quizás, solo quizás, había una forma de saldar la deuda sin que nadie más tuviera que sufrir. Pero para eso tendría que revelar la última verdad, la que ni siquiera él se había atrevido a pronunciar en voz alta: las veinte monedas guardaban un secreto más antiguo que el rencor de cualquier hombre.

Esa noche, mientras el bebé dormía plácidamente entre los dos, y el silencio volvía a rodear la casa, comprendieron que la verdadera batalla apenas comenzaba. No era solo contra un hechizo o contra un hombre lleno de dolor: era contra el peso del pasado, contra el miedo de todo un pueblo y contra la creencia de que el amor siempre debe pagar un precio demasiado alto. Pero ahora tenían algo que antes no tenían: una razón para luchar con todas sus fuerzas, y la certeza de que mientras estuvieran unidos, ninguna fuerza, por antigua y poderosa que fuera, podría separarlos.

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