Velvet crown
El mundo se redujo a la fricción salvaje y al grito quebrado de Haley. La tenía empotrada contra la fría barandilla del balcón, su piel blanca fundiéndose con la piedra. Enredé mis dedos en su melena con fuerza brutal, obligándola a exponer su garganta al viento mientras la tomaba por detrás con embestidas lentas, profundas, cargadas de un odio que quemaba.
—Míralo —le gruñí al oído, obligándola a ver a su amante pasmado en el jardín—. Que entienda que lo que él tiene son sobras; yo tengo el control absoluto. Jamás gemirás para él como lo haces para mí.
Ella soltó un alarido de placer traicionero antes de colapsar sobre las baldosas. Deshecha y desnuda, se arrastró hacia mis pies suplicando un perdón que no habita en mi ADN. La miré desde mi altura con indiferencia gélida, me abroché los pantalones y le di la espalda. Haley era un despojo; el tipo de abajo, un cadáver social.
Caminé hacia el ascensor con la adrenalina en las venas, pero el silencio del estacionamiento fue roto por una detonación. El impacto abrasador en mi hombro me hizo girar. Sangre caliente empapó mi camisa de seda mientras el imbécil del amante, tembloroso, sostenía el arma tras una columna. Antes de un segundo disparo, mis hombres lo redujeron contra el cemento.
—Llévenselo —ordené con voz de acero—. Que desee haber muerto hoy.
Avancé hacia el auto, pero el mundo empezó a inclinarse. La bala había calado hondo, o quizás era la rabia reclamando su tributo.