Valentina Ferrer no era una mujer que tomara decisiones por impulso, pero cuando actuaba, no dejaba espacio para la duda.A las nueve en punto de la mañana, la sala de reuniones de Maison Ferrer estaba en absoluto silencio. Sobre la mesa de caoba no había prototipos de joyas ni catálogos de gemas, sino una serie de carpetas administrativas y varios estados de cuenta bancarios. A su lado, Santiago, el abogado de la empresa y una de las pocas personas de su entera confianza, aguardaba con expresión serena.Cuando Nicolás cruzó la puerta, traía el rostro cansado y la mirada fija en el suelo. Llevaba el traje arrugado y sus manos temblaban ligeramente. No era el joven prometedor que pretendía ser ante los directivos días atrás; era un hombre aplastado por el peso de su propia culpa.—Buenos días —dijo Nicolás con voz casi inaudible.—Toma asiento —respondió Valentina. Su tono era profesional, distante, privado de cualquier matiz afectivo.Santiago deslizó un documento hacia el joven.—A p
Leer más