El invierno llegó suave, cubriendo de escarcha el jardín y envolviendo todo en un silencio blanco y tranquilo. Las mañanas eran más frías, pero dentro de la casa siempre había calor: el olor a café recién hecho, las risas que se escuchaban desde la cocina, y esa sensación de refugio que solo se tiene cuando se está con las personas que de verdad son familia. Una tarde, mientras Ethan y yo mirábamos caer la nieve desde el ventanal del salón, él me rodeó con sus brazos por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro, abrazándome con esa calidez que siempre lograba alejar cualquier frío. —¿Te das cuenta de lo que construimos? —me dijo, su voz baja y llena de asombro—. Antes, el invierno era mi época menos favorita. Todo estaba gris, todo estaba frío, y yo sentía que mi vida era igual: sin colores, sin calor, sin nadie que me esperara. Ahora mira. Hay luz, hay hogar, hay nosotros. Y hasta la nieve parece hermosa. —Porque ya no estás solo —respondí, acariciando sus manos sobre mi cintura—. T
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