Chae-yeong fruncio el ceño, notando la frialdad implacable en la voz de su esposo. Se puso de pie despacio y caminó hacia él, deteniéndose a un par de metros de distancia.—Nikolai... desde que salimos de la sala de juntas has estado extremadamente distante. Sé que todo este circo mediático y la presión de mi familia no es algo a lo que estés acostumbrado, pero necesito saber si realmente estás dispuesto a aguantar esta convivencia. Si la presión es demasiada, podemos buscar otra alternativa legal antes de que la fiscalía empiece a rastrear tu pasado.Nikolai la miró de reojo. Una pequeña e irónica sonrisa cruzó sus labios por un segundo. Si Chae-yeong supiera que la verdadera presión no venía de los jueces de Busan ni de las trampas de su primo, sino de los cables cifrados que su propia red de inteligencia le enviaba cada veinte minutos desde el Lejano Oriente ruso, la historia sería muy distinta.—Señorita Yoon —dijo Nikolai, girándose por completo para encararla—, le dije que no su
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