Me quedé mirando a Elizabeth, plantada frente a la puerta de mi habitación de huéspedes, exigiéndome que me fuera para poder instalarse ella.—Si ustedes dos ya terminaron de ladrar como perros —dije con una sonrisa—, pueden largarse.Y les cerré la puerta en las narices.Los golpes comenzaron de inmediato. Una golpeaba y luego la otra, turnándose sin descanso.Me senté en la cama y me quedé mirando la pared.Estaba agotada. No era ese cansancio fingido que había mostrado antes, sino uno de verdad, de esos que se meten hasta los huesos y hacen que hasta el más mínimo esfuerzo parezca demasiado. Lo único que quería era comer algo, dormir y olvidarme del resto del mundo.Al cabo de un rato, los golpes cesaron por fin.Me duché, me puse el pijama y estaba a punto de salir a buscar algo de comer cuando sonó el teléfono.Era Felix.Ver el nombre de mi hermano en la pantalla me hizo sonreír antes de contestar.—Hola, Felix —saludé con cariño.—¿Estás en el hospital? —Su voz sonaba tensa, cas
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