Zoe La puerta se cerró a nuestras espaldas con un chasquido seco. El eco de la música y las risas de la gala se apagaron de golpe, dejándonos atrapados en una penumbra espesa donde solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas. No hubo rodeos ni reclamos. Alexander me acorraló contra la madera antes de que pudiera dar un solo paso hacia adelante. Sus manos grandes me agarraron la cintura con una fuerza bruta, pegándome a su cuerpo sin dejar ni un milímetro de aire entre los dos. Sentí de lleno la dureza de su pelvis encajando contra la mía, quemándome a través de la tela fina de mi vestido. Su boca cayó sobre la mía como una fiera que llevaba meses encadenada: un beso hondo, mojado, salvaje, metiendo la lengua con una posesividad que me arrancó un gemido directo desde el fondo de la garganta. —Maldita sea, Zoe... —gruñó contra mis labios, con la voz rota por una necesidad desesperada. Mis manos fueron directo a su cuello, enredando mis dedos en su cabello mientras abría la b
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