El trayecto en el auto negro de tintado opaco duró cuarenta y tres minutos. Esmeralda contó cada segundo, cada curva, cada vez que el muslo de Jason rozaba el suyo porque, al parecer, él no tenía suficiente espacio para él. Ella iba vestida con jeans negros, una camiseta sencilla y una chaqueta que se había puesto a toda prisa mientras los empleados de Titan metían sus cosas en cajas como si estuvieran saqueando una tienda en liquidación. El cabello lo había recogido en un moño imperfecto y no se había maquillado ni un poco. Jason, en cambio, seguía impecable, como si las cinco de la mañana fueran su hora favorita del día y mudar a la fuerza a una mujer fuera un trámite rutinario entre el café y la primera reunión. —Puedes dejar de mirarme como si estuvieras calculando la trayectoria exacta de un asesinato —dijo él, sin apartar la vista del teléfono. —
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