Esme siempre había considerado su apartamento como un refugio.
Grandes ventanales con vista a San Francisco, paredes en tonos claros, muebles modernos, libros perfectamente ordenados m y una cocina donde casi nunca cocinaba, pero que existía como prueba estética de que podía hacerlo si algún día el universo colapsaba.
Allí no entraban inversionistas ni periodistas.
No entraban rivales corporativos con ojos grises, clá